Campamentos · 7 de 10

Echar de menos: qué hacemos nosotras y qué puede hacer la familia

Hay un llanto de puerta que dura lo que tardas en doblar la esquina, y hay una pena callada que llega a las doce, cuando para el juego. Se atienden de manera distinta.

6 min de lecturaPor el equipo de AZ Futura

Un monitor, de espaldas, dirige una sesión de relajación con un grupo de niños sentados en esterillas

Se echa de menos en dos momentos

En un campamento de día, la añoranza tiene horario. El primer momento es la despedida: el niño ve que te vas y protesta, a veces con mucho ruido. El segundo llega más tarde y hace menos ruido: en un rato sin actividad, en el almuerzo, cuando otro niño nombra a su madre. Hay niños que tienen el primero, niños que tienen el segundo y niños que no tienen ninguno.

Ninguno de los dos dice gran cosa sobre cómo va a ir la semana. En la puerta vemos llantos de campeonato que se apagan antes de llegar al aula. Y vemos niños que entran sin mirar atrás y el miércoles necesitan un rato sentados junto a su monitor.

La Asociación Española de Pediatría recuerda que todas las emociones, también las desagradables, tienen su función, y que lo que ayuda a un niño a regularlas es que un adulto las acepte y le ayude a ponerles nombre1. Echar de menos es querer a alguien a distancia, y eso no hay por qué quitárselo. Se le acompaña.

Si llora al despedirse

Es la escena que más angustia a las familias y la que el equipo tiene más ensayada.

Qué pasa desde el beso hasta que empieza a jugar
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    Te despidesUn beso, la hora a la que vuelves y te vas.

    Entra por su pie: un monitor le acompaña a su grupo.Se agarra o llora: la coordinación se hace cargo de él.

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    Un adulto se queda con élLa persona de la puerta no tiene grupo. Se agacha, le habla por su nombre y no le mete prisa.
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    Se le da algo que hacerLlevar una lista, elegir un rincón, ayudar a sacar los balones. Las manos ocupadas calman antes que las palabras.

    Se engancha al juego: pasa a su grupo.Le cuesta más: sigue acompañado un rato, sin público.

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    Su monitor lo sabeCuando llega al grupo, el monitor ya está avisado y le tiene cerca en la asamblea.

Así trabajamos la entrada en nuestros campamentos: coordinación fija en la puerta y monitores repartidos para acompañar a cada niño hasta su aula.

La despedida que se lo pone fácil

Lo que más alarga un llanto de puerta es un adulto que no termina de irse. Vuelve para otro abrazo, le pregunta si está bien, se queda mirando desde la verja. Cada regreso reinicia la despedida y le enseña que llorar funciona.

Una despedida que ayuda tiene tres partes y cabe en medio minuto. Un gesto de cariño. Una frase con un dato que pueda comprobar: «vengo a las dos, cuando terminéis de recoger». Y marcharse de verdad, aunque llore. Suele costarle más a quien se va que a quien se queda.

Dos cosas que es mejor no hacer: escaparte sin despedirte cuando está distraído, porque al darse cuenta el susto es mayor y al día siguiente no te suelta; y prometer lo que no depende de ti, como «si lloras te llaman y vengo».

Hablando de la hora de dormir, que es otra separación diaria, la AEP explica que una rutina predecible facilita separarse y evita que el niño responda con ansiedad2. En la puerta pasa lo mismo: la misma despedida, con las mismas palabras, cada mañana. Al tercer día ya sabe cómo acaba.

La pena de las doce

La añoranza de media mañana aparece en los huecos. Mientras hay juego no tiene sitio. Llega en el recreo, en una espera o cuando el cansancio aprieta. Suele verse en un niño que se aparta, pregunta varias veces cuánto falta o dice que le duele algo.

Lo primero que hace un monitor es no negarlo. «Echas de menos a papá, claro» funciona mejor que «no pasa nada». Después le da una referencia de tiempo que entienda: «después de este juego recogemos, y luego vienen». Para un niño pequeño, «a las dos» no significa nada; «después de la gincana», sí.

Y luego le acerca a algo, lo que haya: un encargo, un sitio a su lado en el corro, un compañero con el que ya ha jugado. En un grupo de diez eso se puede hacer, porque el monitor ve quién se ha quedado callado.

Si la tristeza viene con mala cara, calor o dolor de verdad, ya no hablamos de añoranza. Qué se hace entonces está en si se pone malo o se hace daño.

Lo que puedes hacer tú

  • Que lleve la mañana aprendidaEntrar, jugar, almorzar, otro juego y recogida. Saber qué viene después acorta la espera.
  • Algo tuyo en la mochilaUn dibujo en la fiambrera o una nota. Pequeño, y que no importe perder. Pregunta antes si se pueden llevar objetos de casa.
  • PuntualidadLa primera semana, estar en la puerta a la hora es la mitad del trabajo. Si vas a retrasarte, avisa para que él lo sepa.
  • Que cambie quien le llevaSi contigo la despedida es un drama y con otra persona de la familia no, probad unos días. Suele bastar.
  • No preguntes si ha lloradoPregunta a qué ha jugado. Si lo primero que oye al salir es «¿has llorado?», aprende que eso es lo importante del día.
  • Cuéntaselo al equipoSi en casa dice que ha estado triste, díselo a la coordinación al día siguiente. No siempre se nota desde fuera.

Cuánto es lo normal

No hay una cifra que valga para todos, y desconfía de quien te la dé. Lo que vemos es una tendencia: el llanto de puerta va a menos de un día para otro, y hacia el final de la primera semana, en la mayoría de los niños, ha desaparecido o se ha quedado en un puchero.

Fíjate en hacia dónde va. Si cada mañana cuesta un poco menos, va bien, aunque el lunes siguiente haya una recaída después del fin de semana. Si cada mañana cuesta más, o si la tristeza le dura en casa, no come o no duerme, deja de ser un asunto de puerta: habla con la coordinación y mira ¿y si no se adapta?.

Dudas sobre la despedida

¿Me quedo un rato hasta que se calme?

Suele alargarlo. Mientras estás, sigue despidiéndose. Déjale con el adulto de la puerta, vete y, si te quedas con la duda, pregunta a la salida cuánto tardó en ponerse a jugar.

¿Me avisarán si no deja de llorar?

Pregúntalo el primer día para saber a qué atenerte. Lo razonable es que te lo cuenten a la salida y que, si un niño lo pasa mal de forma sostenida, la coordinación hable con la familia.

¿Puedo llamar para preguntar cómo está?

Consulta cuál es el canal y el mejor momento. Evita pedir que se ponga él al teléfono: oírte a media mañana le devuelve a la puerta.

En el colegio no llora, ¿por qué aquí sí?

Porque todo es nuevo a la vez: el sitio, los adultos, los compañeros y el horario. En el colegio también hubo un septiembre.

¿Y si quien lo pasa mal soy yo?

Le pasa a mucha gente y no tiene nada de malo. Habla con otro adulto, pregunta a la coordinación lo que necesites saber y procura que la despedida no lo refleje.

De dónde salen los datos

  1. 1 Asociación Española de Pediatría, En Familia. «Acompañar la gestión emocional de la infancia». Ver la fuente
  2. 2 Asociación Española de Pediatría, En Familia. Artículo sobre el sueño entre los 2 y los 5 años (rutinas y separación a la hora de dormir). Ver la fuente

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